Llegaste siendo un cachorro y nunca creciste. Tu tamaño era motivo de burla y de señoras que se paraban por la calle a comprobar lo pequeña que eras. ¿Qué querrían? Eras un yorkshire toy, pesabas un kilo y eras el mejor perro que alguien podría querer.
De acuerdo, no ibas a recoger la pelota, no eras un pastor alemán y encima, cuando corrías, cojeabas de una pata para coger velocidad. Cambiaste conmigo de sofá, de casa y llegaste a dormir en mi habitación. Aprovechabas cualquier despiste para hacer alguna trastada y comerte cosas que no debías, desde restos de cocido hasta Ferrero Rocher que veías a tu alcance. Y aunque siempre me obligabas a reñirte cuando lo hacías mal, ahora lo veo con cariño y daría cualquier cosa por volverte a castigar a tu cesto.
Conmigo has vivido todos los partidos posibles del F.C. Barcelona y del Athletic con mi padre. Has ladrado y has saltado con los goles, no sé si por nuestra celebración o por estímulo al oír al comentarista. Llegaste a reconocer el tono del narrador cuando había peligro y hasta parecía que entendías más de fútbol que cualquier tertuliano de Punto Pelota. El día del 5-0 en el Camp Nou no tuviste descanso y, hasta cuando el Inter nos echó de Europa parecías más triste que de costumbre. Si es que incluso el día antes de dejarnos celebraste un triple decisivo mientras jugaba al 2K12.
Pero todo eso quedó atrás. No quiero recordarte como hoy, malviviendo tus últimas horas y sin ser tú. Sin ser el cachorro que llegó a la casa antigua, sin ladrar de esa forma que odiábamos cuando íbamos de viaje, sin correr por las escaleras cuando oías unas llaves, sin montarme un escándalo cada noche por salir al baño a quitarme las lentillas o por celebrar en silencio un gol de Boca en medio de la noche.
Quiero que esto sirva para desahogarme, para poder releerlo cuando ya no nos duela y sonreír. Hoy, cuando ya no estabas, hemos estado recordando trastadas, viajes contigo y anécdotas que nos han hecho aplacar un poco tu ausencia. Mucha gente no me entenderá, no llegarán a comprender que mamá y Cristina hayan llorado al verte en el veterinario, pero siempre has sido un miembro más de nuestra familia. Has recorrido España de punta a punta con nosotros, de Almería a Santander, de Cádiz a Alicante. Has desayunado con nosotros y nos has despertado más de un día ladrando sin mayor motivo. Has comentado conmigo partidos de fútbol, gruñendo cuando hablábamos del partido y ladrando con las celebraciones. Lo único que espero ya es que hayas vivido bien, que los 11 años que nos duraste los hayas disfrutado y que no hayas sufrido hasta esta mañana, cuando ya era irremediable.
Si alguna vez tengo otro perro, nunca será como tú, nunca tendrá la magia de ser el primero y siempre será el que venga detrás de ti. Ojalá te lleves tanta paz como has dejado y hayas disfrutado de nosotros como tú nos has hecho disfrutar contigo.
Gracias, Piluca.
Estoy segura de que desde "el cielo de los perros" Piluca esta muy orgullosa de la familia que le dio la maravillosa vida que tuvo. ¡Mucho ánimo!
ResponderEliminarIsabel.
Muchísimas gracias por el comentario y espero que, si existe un cielo de los perros o algo así, tengas razón.
EliminarQuizás porque tengo perro y es el Gran AMOR de mi vida... o porque me ha encantado tu entrada... Me he visto obligada a comentarte... se me han saltado las lágrimas :)
ResponderEliminarSiempre he sentido que esos pequeños ladronzuelos estan ahí para hacernos sonreir con trastadas, los lametones, los mordiscos que te dejan marca durante días y días, con las veces que se nos escapan con alguna perra para... en fin! jajaja o... haciéndonos pensar que nos entienden cuando celebramos un gol, criticamos a la Santísima Virgen o cuando nos roban el filete y nos reimos mientras decimos un... NOOOO!!!
Son recuerdos que hay que tener siempre presentes... Muchoo animo Sergio!! Un abrazo!!